Artes para la Paz, con la U. de Caldas, fue el lugar para quedarse, participar y sentir el país en la FILBo 2026

Artes para la paz

Hay stands en una feria del libro que se recorren y hay otros en los que uno se queda. El de Artes para la Paz fue, sin duda, de los segundos.

Durante el 1 y 2 de mayo, en el pabellón de Colombia de la FILBo, la Universidad de Caldas —que opera Artes para la Paz en Caldas, Risaralda, Quindío, Cundinamarca, Tolima y Valle del Cauca— transformó este espacio en algo más que un punto de exhibición: lo convirtió en un lugar de encuentro.

Un lugar donde el arte no estaba en vitrinas, sino en las manos, en los cuerpos y en las voces de quienes llegaron y decidieron participar. Eso no fue casualidad, sino que responde al resultado de llevar formadores con trayectoria real, con oficio y con historia.

La alegría de la mañana del festivo del 1 de mayo, con la feria en otro ritmo, la puso Palenque Mar y Calle. Esta agrupación de Buenaventura llegó con salsa choke, con los ritmos del Pacífico y con marimba, y lo que pasó fue lo que pasa cuando la música es buena de verdad: la gente que iba de paso se detuvo.

Los que se detuvieron se quedaron y los que se quedaron terminaron bailando y moviendo pies y caderas. Hicieron el shampoo y aplaudieron. Propios y extraños, visitantes de la feria y transeúntes del pabellón, todos encontraron en ese sonido una razón para acercarse al stand de Artes para la Paz. No hubo convocatoria más efectiva esa mañana que el volumen y el cuerpo.

Es que el ritmo marcó el camino en ambas jornadas. Esa noche, Carlos Estacio —campeón mundial de salsa en Miami en el año 2000— llegó al stand con Marisol Segura para liderar el taller “Historias Vivas”

No era simplemente una clase de pasos: era una demostración de que la salsa caleña tiene una genealogía, que hay décadas de disciplina detrás de cada movimiento, y que eso se transmite.

Cuerpos tímidos terminaron armando pequeños círculos donde desconocidos bailaban como si se conocieran de antes. Más que una presentación, fue una invitación directa a entrar.

Expresarse con puño y letra

Esa misma lógica se extendió a todo lo que pasó allí. Jeisson Curequia y Daniel Montes, en el taller “Dibujando Narrativas” no pusieron a la gente a ilustrar por ilustrar: activaron la escucha, la memoria, la capacidad de contar desde la imagen. Y así, casi sin darse cuenta, el público dejó de ser espectador.

El sábado en la mañana, el Tolima trajo consigo algo igual de poderoso, pero desde otro lugar: la raíz. Primero fue con la maestra Martha Díaz y luego con la Estudiantina del Alto Magdalena, quienes pusieron sobre el escenario la música andina, el bambuco, la tradición. Todo se sintió como una manera de volver a lo esencial.

Julián Arteaga y Alejandra Velandia causaron admiración por sus bailes típicos del bambuco y el recuerdo del poder del folclor nacional, que vivieron con canciones tan propias como “Vivirás Mi Tolima” y “El Sanjuanero”

Como lo cuenta Marta Díaz, gestora territorial del Tolima: “Estuvieron nuestros artistas” formadores reconociendo la música y el talento cultural del Tolima. Fue un momento muy especial porque no solo mostramos lo que somos, sino que lo compartimos con la gente, de una forma cercana, viva”.

En medio de todo eso, hubo algo igual de importante: los niños. Con el taller “Cartel poético para la paz”, liderado por Aura García Fontecha, el stand se llenó de preguntas simples pero profundas: ¿qué es la paz?, ¿cómo se dibuja?, ¿cómo se escribe? Las respuestas no fueron correctas ni incorrectas. Fueron propias, y eso era precisamente lo que importaba.

Al final, lo que hizo distinto este espacio no fue la programación en sí misma, sino lo que provocó. La gente no solo llegó: se involucró. Preguntó. Se quedó más tiempo del que había planeado. Bailó sin saber bailar. Escribió sin pensarse escritora. Escuchó con más atención de la habitual.

Lo que Artes para la Paz llevó a la FILBo no fue un catálogo de actividades, sino un equipo de formadores con recorrido: campeones de salsa, artistas con metodologías construidas desde el territorio, músicos portadores de tradición.

El stand terminó siendo uno de los más concurridos del pabellón no por acumulación de actividades, sino por algo más difícil de lograr: porque generó vínculo. Y en un país que sigue buscándose a sí mismo, eso —aunque no siempre se pueda medir— también es una forma de construir paz.

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